ROMEO Y JULIETA NO SE CONOCIERON EN BARCELONA

March 13, 2018

 

 De la misma manera que las historias de amor de la literatura universal, en la vida real se dieron tragedias que traspasaron los límites del ingenio de los escritores más brillantes. Esta es quizá una de ellas. El relato de dos personas que vivieron historias paralelas en un mismo tiempo y espacio, el del cabaret Au Fond de la Mer, el sótano más popular y más importante que se haya conocido jamás como cabaret, y el último reducto de la bohemia barcelonesa.

Platón Peig

Los Cabarets bien entendidos son sótanos. 

Si en un principio la palabra Cabaret sirvió para referirse a todo tipo de antros y tabernas, con el tiempo pasó a utilizarse para denominar de forma internacional a aquellos locales o salas nocturnos donde se daba el espectáculo. Existía un factor común entre ellos, la existencia de un bar, cuando no era un restaurante en el caso de los locales grandes y de más lujo; un bar donde poder sumergirse en las etílicas garras de la noche mientras se daba el espectáculo de sala.

 

Cabarets los ha habido medianos, pequeños, muy grandes, con bar, con restaurante, sin restaurante, con restaurante y bar, de espectáculo, de reunión literaria, de vanguardia, de escenario pequeño o gigante. Y la palabra cabaret ha servido para referirse a dos tipos distintos: los del universo literario y reunión artística, y los de local de espectáculo.

 

Algunos de los más famosos son:  Moulin Rouge, Barrio Rojo de París, 1889. La Chat Noir, barrio de Montmartre, 1881. Els Quatre Gats, Barcelona 1897, Cabaret Voltaire, Zúrich, 1910. Cotton Club, NY, 1920

 

Francisco Madrid, el gran periodista de los Bajos Fondos de Barcelona, observó al respecto que "cuando la guerra empezó a dividir a francófilos y germanófilos a los ciudadanos barceloneses les llegó una teoría: un cabaret es un sótano y un sótano sirve para cabaret."

Moulin Rouge

 

Así fue como en mitad de la Rambla del centro de Barcelona número 12, en la puerta de al lado del teatro Liceu, vio la Ciudad Condal nacer en 1913 el cabaret que años más tarde adoptaría el nombre de Au Fond de la Mer, un antro donde se juntó la mejor de las turbas populares habidas y por haber, un local frecuentado por la parroquia más antropológica del mundo de las letras y los bajos fondos de Barcelona.

 

Sin duda, de todos los cabarets que el mundo conocía este fue especial, por lo menos para los bohemios barceloneses, que encontraron en él su último reducto. Un bar de locos donde dar rienda suelta a las imposturas de una generación única más allá del inconformismo, la del primer tercio del siglo XX.

 

De ambiente literario y natural, la decoración, si por algo se diferenciaba del resto de cabarets era por la despreocupada atención de su dueño. El polvo, lo anticuario, la fragilidad de los muebles del local no eran en el fondo más que protagonistas de tercer o cuarto orden, ya que la única y verdadera esencia del local eran el jefe, Esteve Rius, un hombre mujeriego hasta la médula dado a las faldas, sus camareros, los verdaderos responsables del local, y los clientes asiduos, una amalgama interminable de personajes de museo.

 

Allí convivieron, por extraño que pueda parecer, dos modelos de clientes, los relacionados con el mundo de las letras, periodistas, poetas, literatos; y toreros o aspirantes a toreros.

 

"Los bohemios hacían prácticamente vida en el bar: eran caballeros de un ideal impreciso, sin gozo ni alegría, eternamente rebeldes, prefiriendo vivir con todo el tipo de privaciones que agacharse delante de un burgués. 

 

Plató Peig fue por derecho el personaje más excéntrico. Nacido en Sabadell, vino a Barcelona para dedicarse a la literatura y el periodismo. Pasaba las horas escribiendo versos surrealistas por todas las mesas del bar. Vivía solamente de cocaína, absenta, pastilla Valda y cafés con leche. Aspiraba una gran cantidad de polvo blanco, hasta tal punto que más de uno dudaba de que aquello fuese realmente cocaína. Había dormido en los lugares más luctuosos: apoyado en la pared, por la calle y aguantándose en una cuerda en una casa de dormir de la calle del Cid. No duró mucho. Plató Peig murió de tifus en una cama del Hospital de Infecciosos el 23 de abril de 1927", Paco Villar, 2012.

 

Platón Peig no fue el único personaje de novela que frecuentó aquel cabaret, lo hacían estudiantes de otras provincias, que gastaban en vicios el dinero que les enviaban sus familiares para los estudios.  También habían bailarines, músicos y bohemios de todo tipo con la cara más dura que el cemento, así como chulos farsantes camuflados en diferentes personajes de la vida social. Todos ellos coincidieron en algo, frecuentar el primer cabaret donde se bailaron tangos y se esnifó cocaína, una moda que pegó fuerte en la Barcelona de 1920.

 

 

La Criolla 

 

El nacimiento del cabaret fue así: "En el viejo sótano había un piano. A veces bajaba un viejo pianista alcohólico, reblandecido de la médula. Los concurrentes, chicas de esas que llaman alegres sin saber por qué, cómicos y tahúres, le pedían al pianista un bailable. El viejo se sentaba al piano sin quitarse el gabán mugriento. Su cabeza, sobre el teclado, oscilaba como un péndulo. Brotaban los acordes de Granada Albeñiz; del Momento Musical de Schubert. Pero a los concurrentes del sótano no les asustaba esa música. Lo bailaban todo. Y viéndoles bailar al dueño se le ocurrió una idea: convertir el sótano en cabaret... Como se trataba de un sótano bastante húmedo, lo decoró de una manera fantástica: con sirenas, rocas, corales, medusas, y algún que otro tritón, si no recuerdo mal.

 

Disimuladas entre las colas de sirena y las caracolas de los tritones se hallaban las bombillas eléctricas. Las había verdes y rojas. Restauró el dueño el piano en lo poco que admitía restauración. Contrató tres músicos, un pianista, un violín y un violonchelo. Les puso a los músicos unas chaquetas de bayeta colorada y manteles en la mesas. Y bautizó así el cabaret: En el fondo del mar, pero en francés Au Fond de la Mer, que entonces daba más postín." Paco Villar, 2012.

 

Abrió antes de la primera guerra mundial. A mediados de octubre de 1915 reaparecía con el nombre de Au Cabaret du tango. El 29 de 1917 adoptó el nombre de Au Fond de la mer. En 1918 una nueva empresa lo llamó The Savoy, hasta 1921, y luego ese mismo año, La Sirena. En 1922 se convirtió en una lechería granja, terminaban así las noches de fiesta y diversión.

Adela

Una Historia de Cabaret

Sangre en Ataranzas, Francisco Madrid

"Adela era modista en una taller de la calle de Pelayo. Adela tenía diez y ocho años, lucía unas piernas magníficas y era muy aficionada al cine y a leer novelas... 

 

Él se llamaba Juan Borjas y estudiaba el primer año de carrera de abogado. 

 

Juan prendose de Adela y Adela, que era una novelera lamentable, cayó en la red del estudiante. Juan era un hombre expeditivo. Primero la inició en el cine Royal; después la besó en la calle, más tarde, un domingo a las cinco en el Iris-Park, sintió cómo se desmayaba en sus brazos después de un tango. Otra tarde, después de la primera parte de baile en La Bohemia, cruzó la calle y entró en Casa Prim. La pobre Adela besó, se sintió besada y exclamó el clásico ¡Ay! Lloró luego, mientras Juan frente a la luna del armario silvaba la música de: Yo soy caminante que al pasar arranca las hojas de la flor, etc, de La canción del olvido.

 

Adela siguió la suerte. Juan, una vez satisfechas sus necesidades con Adela, seis, siete u ocho veces, se cansó de ella. La llevaba cada día, al anochecer, a un cabaret de estudiantes y modistillas de la calle de Aribau, Cipriano, y la pobre modista rodó con unos y con otros porque Juan la prostituyó... Cuando un día le dieron dinero y pudo comprarse unas medias de seda ya no tuvo tiempo de volver a la vida aburrida y honesta. Bailaba, era admirada, ganaba dinero... Una compañera del Capriano la recomendó que trabajara en un Cabaret, le darían diez pesetas diarias si bailaba por las noches, la convidarían los clientes, la comprarían trajes y hasta podría llevar sombrero y joyas.. Así fue. Adela cayó en "Au fond de la Mer" y hacía citas en el pasaje de Escudellers... La prostitución, que parece una cosa complicada, es la cosa más fácil y más suave del mundo.

 

Adela veía que otras amigas llevaban medias de seda; sentía el peligro de no poder casarse porque había perdido eso tan frágil y estúpido que se llama la virtud. Notaba que se había lanzado al mal y que el mal, ni era tan doloroso, ni tan feroz como lo pintan los sermones de los curas, ni las reprimendas maternales... Hasta ahora si Juan la había abandonado, otros la había recogido ofreciéndola dinero; La pobre criatura, que no había visto jamás suyas tres pesetas reunidas se creía millonaria.

 

En el Cabaret Adela vio triunfar su juventud... Un viejo le compró trajes, y encontró otro que después de algunas conferencias íntimas le regaló un piso. En el Cabaret su cuerpo era aprisionado febrilmente por el bailarín que era la pasión de todas la mujeres y que sintió por Adela el efecto del beguin... Adela aprendió a comer, a lavarse, a vestir...

 

Era joven, triunfaba. Más tarde vendrían los años, las arrugas, los masajes eléctricos... Adela entonces en el cabaret pasó sin sentir amor por  nadie, porque nadie le explicó lo que era el amor. Creía, la pobre criatura, que el amor era la cama. Sentía por el buen señor que le puso casa un afecto filial y si le engañaba lo hacía por dinero... Supo ser cauta y hábil mujer de cabaret y de casa de citas, encontró un amigo que la llevó a Madrid, a París y a Niza, y cuando regresó, con la ayuda de este amigo montó una casa de huéspedes en la ronda de San Antonio.

 

Y es que estas pobres mujeres de cabaret no tienen alma de pecado. Son mujeres de su casa maquilladas de pecadoras. En el prostíbulo y en el cabaret hay muchas mujeres con alma de dueña de casa de huéspedes. En cambio, y en justa compensación, hay muchas dueñas de casa de huéspedes con alma de pecadoras." 

 

Pintura de Otto Dix

 

Romeo y Julieta no se conocieron en Barcelona

 

Adela y Platón Puig pudieron haberse conocido. Posiblemente coincidieran en más de una ocasión en el cabaret Au Fon de la Mer, y a lo mejor hasta Adela recibió alguno de los escritos surrealistas que Platón Puig repartía entre las mesas del cabaret. Quién sabe. Lo cierto es que por algún motivo en esta historia no existieron ni Romeo ni Julieta, no hubo espacio para dedicarle al amor el tiempo que requiere en vida, porque sencillamente el frenético ritmo de la vida nocturna de la Barcelona de principios de siglo XX superaba la ficción de las mejores novelas.

 

Cabaret La Gran Peña

 

 

 

 

 

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