MR. BRATTO Y LOS BAJOS FONDOS DE BARCELONA

February 14, 2018

La cruzada de Bratto contra los infieles del Barrio Gótico

 

Al igual que Francia, España también tuvo sus bajos fondos. Y todo hay que decirlo, fue en Barcelona donde a principios del siglo XX se dio el paradigma. De todo aquello todavía queda algo. Y por mucho que los juegos olímpicos del 92 o las remodelaciones urbanísticas de la ciudad hayan intentado acabar con la anarquía del mundo clandestino de la noche, lo cierto es que en la Ciudad Condal, el vicio y las gentes de mal vivir continúan formando parte del paisaje nocturno de sus calles. 

 

Ladrones de tres al cuarto, estafadores, músicos, buscavidas de todo tipo, vendedores clandestinos, hipsters, putas y chulos, el hampa reinventado o la inmigración desencajada, a quien se mira de reojo desde los barrios altos, son, entre otros personajes, los habitantes que pueblan los nuevos bajos fondos de Barcelona. Y es allí, y nada más que allí, donde se hace posible escuchar música de verdad.

 

Esta es la historia de un hidalgo caballero, un señor. La historia de un famoso guerrero astur que lidió una de las batallas más nobles y épicas que ha vivido el apretado mundo de la calle Escudellers de Barcelona. Este es en definitiva un episodio dantesco de las aventuras de Mr. Bratto y los Bajos Fondos de la Ciudad Condal, el de Bratto contra los infieles del Barrio Gótico.

 

Lo que tienen ustedes frente a los ojos es la crónica de un hecho real,

el relato de una de una reyerta entre el bien y el mal desatada en las calles de Barcelona.

Pocos serán quienes después de leer este texto se atrevan a cometer alguna tropelía estando cerca Mr. Bratto .

Mr. Bratto y los infieles del Barrio Gótico


Son las doce y media de la madruga del jueves. Es otoño, y ya es hora de retirarse a casa, por lo menos para aquellos a quienes el despertador les sonará dentro de unas pocas horas.

 

La escena transcurre en la calle Escudellers de Barcelona, entre la sala de música Marula Café y el mítico restaurante Los Caracoles, un local que lleva en funcionamiento desde 1835. Entre ambos locales se encuentra el bar Judas, un antro de parada obligatoria para los más golfos. Sin duda, un escenario de ensueño para cualquier director cinematográfico.

 

De la sala Marula Café sale una pandilla de chicos y chicas, entre quienes figura nuestro protagonista. Parece que se marchan a casa, pero finalmente paran a la puerta del bar Judas. Deben ser unos golfos, no cabe duda, y aprovechan en la calle los últimos momentos de la noche. 

 

Aquello empieza a animarse, y al poco tiempo se forma un embudo humano con personajes de todo tipo. Ladrones de tres al cuarto, vendedores de víveres y cervezas despachando al personal, chantajistas intentando lo imposible y linces de la noche, todos bajo un mismo manto, no irse a casa de ninguna manera. 

 

El ambiente se empieza a calentar. Cada vez hay más gente en menos espacio. Roces y pequeños empujones se repiten. Eso ya no tiene buena pinta, y alguien grita. ¡Han robado el móvil de Bratto!

 

Bien. Cuenta hasta cinco. Es el tiempo que transcurre entre que le roban a Bratto y se enfrentan a él.

 

Forjado en más de mil batallas, estudiante superviviente al colegio e instituto asturiano, primo hermano de los más rudos y borrachos boxeadores de bar irlandés, y ex-gerente de un local de ocio nocturno de mucho éxito en medio del corazón de Malasaña, Bratto necesitó esta vez más de cinco segundos para reconocer al malechor. Eran muchas las caras extrañas, y todas sospechosas.

 

Calle Escudellers años 70

 

Bratto escaneó con su mirada a todo posible sospechoso. Lo cierto es que todos lo eran, todas eran caras desconocidas. Cacheó a quien parecía portar el móvil del delito, nunca mejor dicho, pero no hubo fortuna, el celular había viajado lejos del lugar de los hechos a través de manos cómplices. La duda recorrió todos los rincones de la mente de Bratto. ¿Quién ha sido?¿Dónde está? ¡Has sido tú! ¿Qué puedo hacer? La situación se desbordaba y el ladrón se esfumaba sin poder hacer nada. Pero de repente Bratto hizo uso razón y tomó una determinación tajante: ¡pegar a todos los sospechosos!

 

A unos quince metros, siete pakistanís, sino más, miraban de reojo la escena mientras llevaban a cabo sus negocios clandestinos. Bratto fijó su mirada sobre ellos, y sin dudar un segundo tomó, como los toros de lidia, rumbo unidireccional con destino de choque, para, sin mediar ningún tipo de palabra, comenzar a soltar hostias, mamporros, puñetazos y trompadas de todo tipo, repartidas proporcionalmente y con un porcentaje de acierto bárbaro, entre los sospechosos. ¡Háyase visto nunca cosa semejante! Aquello era una película de Bruce Lee con estética provinciana.

 

Pero eran muchos, y tres de ellos se acercaron por atrás para atacar su espalda, pero una patada voladora procurada por uno de los amigos de Bratto, una patada bastante aparatosa pero muy apasionada, alcanzó a uno de ellos llevándose consigo a dos al suelo por arte de magia. La patada no fue muy efectiva, pero concedió a Bratto las milésimas necesarias para terminar de aviar a los comensales.

 

Aquello se transformó en una verdadera reyerta callejera. El de la patada voladora sostenido en el suelo por tres pakis, su novia, todo hay que decirlo, con abrigo de pelo rosa y botines de tacón fuxia con purpurina, intentando arrastrar a uno de ellos de los pelos mientras en el otro lado Bratto veía como uno de sus adversarios se desabrochaba el cinturón para golpearle con él en la cabeza. Mala idea. En palabras de Bratto, aquel hombre "era un cuarentón con los dientes como los de un piano lanzado por las escaleras. Y no majejaba el cinturón con mucha soltura". Parece ser que acertó en la cabeza accidentalmente. Con ese fue con el que más se cebó.

 

Al poco tiempo todo se calmó. Separados ya, unos enfrente de otros, y habiendo recibido todo el bando de los sospechosos a manos de Bratto, hizo presencia, como no podía ser de otra manera, el cuerpo policial. 

 

Todo quedó en un susto. A la semana siguiente los infieles seguían a lo suyo en su esquina y Bratto pasaba por delante suya como si nunca hubiera sucedido nada. Ahora, transcurrido ya un tiempo, cuando le preguntas a Bratto sobre lo sucedido contesta: "Yo solo intenté repartir justicia dentro del marco de la legalidad vigente y del respeto a las libertades".

 

Dibujo cedido por Mr. Brato para ilustrar la reyerta en la que el autor se vio involucrado una noche de otoño en la calle Escudellers de Barcelona. En ella se puede contemplar el cinturón de las noches de lupanar que los infieles usaron como arma. A Turista Bang Bang a la izquierda, exaltado y preocupado por el negocio, y en el centro el momento de mayor intensidad de la cruzada.

 

Los testigos recuerdan:

 

"Recuerdo, antes de que  todo ocurriera, que se me acercó uno tonteando y le dije que lo mataba, pero nada más", Sam Halem.

 

"Yo con lo que todavía alucino y me descojono es con la imagen de Mr. Bratto corriendo enfilado a pagarse con seis o siete tíos", El Grasas.

 

 

 

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