El BARRIO CHINO, LA LLAGA DE BARCELONA

April 26, 2017

 

 

Lectora, lector: he aquí el distrito quinto; he aquí toda la fiereza y toda la brutalidad del distrito quinto. Es el distrito quinto la llaga de la ciudad; es el barrio bajo; es el domicilio de la mala gente. Cierto es, que viven en él familias honradas. Esta es la tragedia. En el montón deforme de basura y de dolor; de inconsciencia y de pecado, que forma el distrito quinto se mezclan el obrero y el chorizo; la lavandera y la peripatética que en el cabaret elegante parece hija de nobles y que duerme en su propia casa sobre un catre.

 

Ni los barrios bajos de Génova, ni el barrio del Puerto de Marsella, ni la Villete parisina, ni el Whitechapel londinense, tienen nada que ver con nuestro distrito quinto, con el ambiente magnífico de nuestra zona prohibida. Es más, el distrito quinto les supera. Se juntan aquí de una manera absurda y única la casa de lenocinio y la lechería para los obreros dne la madrugada; la tienda que alquila mantones y en donde se presta dinero a los artistas de los music halls y el palacio del conde de Güell; cal Manco y la “Casa del Pueblo Radical”; el Hospital de la Santa Cruz y la taberna de La Mina; el cuartel de Atarazanas y la pequeña feria de libros viejos; los hoteles meublées y la Atracción de Forasteros… 

 

Lo bueno y lo malo; la civilización y el “hurdismo”. Pasea esa desdichada de “La Moños” sus harapos y hace reír. Cruza la calle el sereno Juan y se cubren la cara para que no les reconozcan los pequeños ladrones. Venden cocaína algunos limpiabotas y aparecen los invertidos en plena calle mostrando sus vergüenzas; las gitanas de “Villa Rosa” cantan roncamente y en la puerta una procesión de pedigüeños os asalta casi con violencia; duermen por las calles los pobres y apoyado en un farol un borracho expone una teoría filosófica con la música del “Porque era negro…” Hay todavía becs de gas, románticos y calles silenciosas.

 

Francisco Madrid,  El Escándalo, 1925

 

 

Esta era la primera vez que el distrito V de Barcelona recibía el nombre de barrio chino. Francisco Madrid, hombre de mundo, que por entonces ya conocía el barrio chino de Nueva York, no dudó en bautizar al barrio del Raval de esa misma manera. Los bajos fondos de Barcelona eran ya por 1925 conocidos internacionalmente por su estimulante y atractiva vida suburbial.

 

Posiblemente no siempre fue así. El Raval, el antiguo Raval, quedaba fuera de la Barcelona amurallada del S.XIII. Por entonces eran huertos y conventos lo que componía un terreno básicamente deshabitado donde la agricultura era la labor principal. Edificios religiosos, institucionales y urbanos se fueron configurando durante la edad media hasta llegar al desarrollo de la ciudad, que vino de la mano de la revolución industrial y de las fábricas.

 

El desarrollo de la industria textil a finales de 1700 y durante el siglo siguiente atrajo a una desproporcionada mano de obra inmigrante esperanzada por la demanda de trabajo en las fábricas. La población se multiplicó comenzando el caótico proceso de urbanización del barrio del Raval, donde se amasaba el proletariado. La creación de fábricas aumentaba y los edificios dormitorio se multiplicaban. El barrio se desarrollaba en paralelo a la actividad industrial, y para mitad de siglo XIX era uno de los barrios más poblados de Europa. Se habían dado los primeros pasos hacia poco después se convertiría en el barrio chino.

 

En 1852 un estudio público de urbanismo anunciaba alarmado ante la creciente demanda urbana el siguiente comunicado: "El mes pasado los diarios políticos de esta ciudad hablaron de una casa situada en los arrabales de San Antonio, la cual a pesar de tener una superficie bastante reducida, albergaba entre sus cinco pisos a ciento quince habitantes, de los cuales la mayor parte eran trabajadores de las fábricas."

 

Pero no todo eran fábricas y trabajadores en el Raval, la industria de la prostitución era sin duda la actividad clandestina por excelencia del barrio que comenzaba, un gremio que no cesó cuando a partir de 1846 se prohibieron la construcción de más fábricas, que junto a los continuos enfrentamientos entre trabajadores y patronos empujó el éxodo del tejido industrial hacia los pueblos de las afueras. El Raval dejaba de ser el epicentro del desarrollo industrial a la vez que el plan urbanístico del Example construía un conjunto de bloques alrededor del barrio a modo de muralla urbana que dejaba al Raval escondido entre edificios. Una especie de fortaleza que lo dejaba desolado y a la sombra tras el traslado de su actividad industrial.

 

 

Sin la gran industria eran los pequeños negocios quienes daban vida al barrio. Las fábricas abandonadas hacían la función de viviendas o pequeños centros de trabajo. Los mercados en la calle y la venta ambulante proliferaban, pero la situación marginal del distrito V deterioraba sus condiciones de vida y acentuaba las dificultades. Una Barcelona que sobrevivía como podía en paralelo y a la sombra de la floreciente burguesía.

 

El Raval se encontraba en una situación extremadamente conflictiva, donde la sobre-población se afincaba en masa en casas de mala calidad. Proliferaron a la vez que los pequeños negocios gremiales, las tabernas, los cafés cantantes, restaurantes, cafés de camareras o locales de prostución. Y aunque el Raval continuaba siendo sustancialmente obrero, el hampa, las gentes de mal vivir, los maleantes y todo tipo de fauna suburbana encontró en el distrito V el mejor de los escenarios para abordar el vicio y el recreo. "Se vivía en plena calle porque la gente no cabía en los pisos. En estos se acumulaban, en condiciones muchas veces espantosas, familias de braceros venidos de todas las regiones de España. Los salarios bajos y los elevados precios de los alquileres motivaban que en una vivienda de reducidas dimensiones se alojaran más de una familia, realquilados, y hasta gente de paso." 

 

Por la noche abría sus puertas el negocio clandestino de la prostitución envuelto en lo que para entonces era casi una pequeña superestructura de locales de recreo donde otra ley gobernaba, como si un universo paralelo coexistiera sin pudor estableciendo sus propios códigos de lenguaje y forjando patrones de conducta fuera de la ley. Una fauna autóctona de pedigrí violando a martillazos la moral de la ciudad. El distrito V "era un lugar incierto incluso hasta para la mismísima policía." 

 

Bienvenido al barrio prohibido

 

 

El periodo que precede al nacimiento de uno de los locales del vicio y perversión más representativos del barrio del Raval, La Criolla , se recuerda entre otras cosas por la semana trágica, un acontecimiento que sacudió las calles de Barcelona, y donde algunos de los delincuentes naturales de la barrida adquirieron una fama casi heróica. María Llopis Bergés, la Quaranta Centims, Josefa Prieto Saldaña, la Bilbaína o María Gabino Miró, la Cotxereta, fueron algunas de las mujeres de la noche que protagonizaron varias de las revueltas más sonadas de 1909.

 

"La Cuarrenta Céntims era conocida por profesar la prostitución en el barrio. Era toda una faraona de carácter y armas tomar. Yo pude ver con mis propios ojos como el día 26 de julio, armada de un batallón de mujeres y hombres, encabezó una marcha a través del Paral-lel reventando los escaparates y los muebles de los locales que no habían apoyado la huelga obrera. Su cara y su cuerpo representaban el grito de la revolución a pie de calle. Nunca había visto el lenguaje del barrio expresar su ira y resignación con tanta voluntad. Volcaron un tranvía en plena calle y después atacaron sin miramiento a una patrulla de la Guardia Civil. No supe más de ella tras ese día, ni tampoco de quienes la acompañaron."

 

A Wamba  

 

La Quaranta Céntims, María Llopis Berger, fue condenada a muerte tras la revuelta de las semana trágica. El Consejo de Guerra que la juzgó sentenció lo siguiente:

 

 

"En la cárcel de mujeres se ha celebrado un consejo de guerra contra María Llopis,

del hampa, apodada la cuarenta céntimos.

Fue presa durante la semana trágica.

Se la acusa de haber tomado parte en el incendio de la iglesia de Santa Madrona,

haber hecho fuego sobre la Guardia Civil y cometido otros excesos.

El fiscal ha pedido para ella la pena de exilio perpetuo.

La acusada ha negado las amputaciones del fiscal

haciéndolas a su vez a los policías que participaron." 

 

 

 

La Bilbaína, María Gabino Mirócon no poco menos currículum, incluía puñaladas a la policía o ayudar a escapar a detenidos en peleas donde se enfrentaba ellas con uñas y dientes. También fue condenada al exilio por su participación en la movilización de piquetes y barricadas en la semana trágica.

Este era el ambiente que respiraba Barcelona a comienzos del siglo XX. Un contexto social y político intenso con el que convivía el desinteresado mundo de la golfería. Una galaxia donde se encontraban sindicalistas y pintxos; artistas, traficantes de cocaína del tres al cuarto, prostitutas, asesinos a sueldo, espías, salas de juego y tabernas; cafés cantantes y teatros; pistoleros, apaches, el hampa de barcelona y la burguesía liberal más vividora que se dejaba ver por los locales del vicio.

 

La ciudad condal de puerto marítimo daba la bienvenida al nuevo siglo con el nacimiento de un hijo bastardo que supuraba desde el corazón de la ciudad. Los bajos fondos de Barcelona eran un templo del vicio que creaba leyenda y fascinación entre las clases pudientes y los extranjeros. El barrio Chino, la llaga de Barcelona, tomaba conciencia de sí misma, y en medio de la miseria y la desolación explotaba la bomba de la diversión, del baile y la droga, de la clandestinidad y la literatura. El barrio chino era, para bien o para mal, el lugar hacia donde todo el mundo giraba la vista de reojo.

 

 

Las Tabernas del barrio chino

 

Las tabernas estaban consideradas por la opinión pública como lugares ultrajados y denigrantes, antisociales por naturaleza donde se juntaba lo peor y más bajo de la sociedad. Sin embargo a principios de siglo habían en Barcelona alrededor de unas 1500, y si es verdad que generaban pudor y rechazo entre ciertos estratos, hay que reconocer también, por paradójico que pueda parecer, que suscitaban la admiración y la atención de prensa y extranjeros.

 

La taberna era la casa de muchos. El escenario donde transcurría la vida de muchos. Un lugar donde poder compartir la miseria de la vida de tú a tú con cualquier personaje. Pequeñas instituciones de barrio, casas del porrón y del juego, refugio de rufianes y pintxos, no dejaban de ser un espacio público donde corrían las noticias de actualidad para un enclave social que se informaba en voz alta y donde el vicio empezaba a primera hora de la mañana y gobernaba el día a día. Un lugar donde gastar el dinero en el mejor de los casos, o sencillamente donde pasar el tiempo.

 

Ladrones, mujeres del mercado, ancianos, obreros, prostitutas y proxenetas nutría la fauna de las tabernas. Si se quiere, incluso podría incluirse a alguna pareja de policías que pasaban por allí de servicio, momento en el que la calle se enmudecía para volver a sus asuntos una vez marchaban.

 

Mientras en la pianola sonaba la música y en las mesas los hombres jugaban a los dados, las chicas marchaban al acecho de algún posible cliente. Cuando esto ocurría, la puerta trasera se abría para dar paso a las habitaciones. Un periodista colombiano que visitó el barrio chino describía así una de sus tabernas:

 

 "Era una taberna de ínfima clase en un sótano de barrio suburbano; es casi media noche, y estamos en los dominios de los "apaches". Un amigo periodista me acompaña y mi pistola Wadman. Bebemos; es decir, fingimos beber. La mugre y el abandono, están en su casa. Los licores y comestibles son de lo que ya no tiene consumación posible... Llegan mujeres de tipo carcelario; y tipos lombrosinos también son los hombres que las acompañan... Entra un cojo con muletas y empieza a caminar mejor que un ganadero; y luego un manco un turro y un ciego. Todos se despojan de los elementos de su oficio y aparecen completamente sanos. Y todos tienen aspecto patibulario. Como veis, estamos en el patio de los milagros. El humo y un ambiente mefítico son los dueños de aquel antro infecto... La mayoría de las mujeres han desaparecido ya por una puertecita estrecha, baja y misterios que se esfuma en un rincón oscuro. Luego los hombres van desapareciendo también por aquella boca dantesca."

 

 

 

Si había algo que alegrara el ambiente de una taberna decadente eso era la representación. Sobre los tablados mujeres medio desnudas bailaban y cantaban entre aplausos y gritos de un público que pedía locamente que se desnudara por completo. El cuerpo al natural era una de las cúspides de las noches de espectáculo de las tabernas, donde el diablo y el libertinaje andaban a sus anchas a la sombra mucho antes de que la modernidad llegara a las ciudades.

 

Tabernas de toda índole poblaron el Raval, en todo tipo de espacios, sótanos, antiguas fábricas, habitaciones improvisadas, patios, pisos o en habitáculos secretos. Modernas, malolientes, sucias, oscuras, divertidas, interesantes, peligrosas. Si de entre todas las tabernas que poblaron el barrio chino hubiese que señalar una que aglutinara todos los atributos, esa sería la Mina.

 

 

La Mina y el Xato Pintó, el primer tatuador del Raval.

 

"La Mina es la gran taberna del barrio chino. Porque el distrito quinto,

como Nueva York, como Buenos Aires, como Moscú, tiene su barrio chino."

 

 

 

La Mina encontraba lugar en el número 63 de la calle Arc del Teatre, la calle que sin duda vio crecer el comienzo del barrio chino. Tenía dos entradas, una por ésta y otra que daba a la calle Cid, donde se encontraba el no menos aclamado y famoso local de La Criolla. La taberna tenía forma alargada, como un túnel, y al final aparecía un salón con mesas que escondía detrás otro estrecho pasaje que daba a una puerta pasadiza.

 

"Cuentan que en la Mina se podía pernoctar. Los abonados a este servicio se colocaban en unos bancos arrimados a la pared. Una vez sentados, se extendía una cuerda, sobre la cual se recostaban. Por la mañana la cuerda era soltada, lo que provocaba la caída de los infelices, que de esa forma eran desvelados en un santiamén."

 

Su dueño era Juan El Sereno, mote que recibía por su templanza para resolver situaciones comprometidas. Los chorizos y maleantes conocen y respetan la figura de Juan. Su mirada es suficiente para anunciar que se ha sobrepasado algún límite. En la mina no sólo es la gente de mal vivir quien consume parte de su vida. Obreros honrados dan fin a sus jornadas echando una partida, y el Sereno es muy serio con esto. Como es habitual, sale a la puerta de su taberna a liar uno de sus cigarrillos de contrabando esperando que la actividad de la noche arranque mientras saluda, sin tampoco mucho entusiasmo, a Xato Pintó, el artista del distrito V, que se gana la vida como tatuador.

 

A Wamba

 

El tatuador del barrio chino

 

Xato Pintó comentaba con toda naturalidad en 1925 que "los tatuajes se habían puesto de moda entre la gente maleante y algunos “snobs” de la buena sociedad." Era el artista del barrio chino. Un tipo "bajo, grueso, con un bigote pequeño y recortado y cuyos pelos parecen clavos. Tiene una sonrisa de “Gavroche” de treinta y cinco años."

 

"Nací en la calle de Ramalleras. Sí, soy hijo del torno. Yo nací en la calle Ramalleras y no sé quién es mi padre, ni quién es mi madre, ni lo sabré nunca. Diez y ocho años estuve entre las paredes de la calle Ramalleras y del Hospicio. Pasé luego de voluntario al Ejército, en donde llegué a cabo y de donde me marché para entrar de dependiente en una casa de comercio de la Plaza de Palacio. Pero me cansé. Yo quería correr mundo y eché por la carretera camino de Marsella. En el puerto de Marsella me conocían y me llamaban l’Espagne. Iba a pedir trabajo al muelle y cuando lo había me gritaban: ¡Eh, l’Espagne a travailler! Pero yo estaba harto de trabajar en el muelle de Marsella. Para eso no tenía que haberme movido de Barcelona.
 

Un día, llegó un barco alemán a puerto. Esto ocurría poco antes de la guerra. De polison me metí en la bodega del barco y al cabo de cuatro días de navegación me presenté al capitán. Yo sólo hablaba español y el capitán del barco no hablaba ni francés. En cuanto me vio me dio una patada en el estómago que me echó a rodar por los suelos. Creyóse que yo era francés. Después hicieron conmigo lo que hacen en todos los barcos cuando encuentran a un viajero gratuito como yo, enviarle a la cocina para que coma, porque comprenden que en algunos días no habrá probado bocado y hacerle pelar patatas o trabajar limpiando el barco. Cuando llegamos a Tánger me dejaron en él.

 

Pasé algunos años de mi vida en Argelia, en donde me aficioné al dibujo y aprendí el tatuaje artístico. En Argelia me llamaban el artista. Me educó un moro. Es una cosa muy fácil: con un lápiz-tinta dibuja usted sobre la carne lo que quiere y después lo va pinchando con un mango hecho con dos o tres alfileres. Se queda grabado para toda la vida. De Argelia pasé de nuevo a Marsella, viajando de polison también, y en cuanto llegué a Marsella me dirigí en otro barco al puerto de Génova.

 

Llegué a Génova y me metieron en la cárcel. No hay en el mundo cárceles peores que las de Italia. Qué manera de comer y qué manera de tratar a los presos. Las palizas son brutales. No sé ahora cómo será, pero ¡cuando yo estuve!… No quiero ni pensarlo. Rodé de cárcel en cárcel hasta que el cónsul de España en Roma me envió a España. Y aquí me tiene usted.

 

Me gano la vida haciendo carteles para las tiendas, pintando cocinas y cuartos y, sobre todo, haciendo tatuajes. Lo he puesto de moda. No hay marino, prostituta o invertido que no quiera llevar en el brazo un dibujo o un nombre. Hay marino

s que llevan todo el cuerpo lleno de tatuajes. Yo me he hecho algunos que me sirven de muestrario. Pero si yo no tuviera necesidad de ello para ganarme la vida, no me lo hubiera hecho.

 

Los invertidos (Xato Pintó dice otra palabra más cruda y contundente) quieren todos que les dibuje un corazón; las prostitutas un dibujo sicalíptico y los marineros el retrato del rey de Inglaterra y de su mujer o de una sirena. Pero desde hace algún tiempo que hago tatuajes a gente distinguida. El otro día, un portugués muy rico que vive en Barcelona y que se llama Ferreira, me trajo a su mujer para que le pusiera en el cuerpo, debajo de los senos, su nombre y después de haber visto mi obra de arte quiso que le pusiera el nombre de su mujer en el brazo. Me pagó bien. Mire usted qué dibujo acabo de hacer sobre el corazón de un sindicalista. Xato Pintó se ha bebido toda la sibeca y me enseña el dibujo aludido…"

 

Francisco Madrid

 

Los días pasaban. Las noches volvían.

Y en la llaga de Barcelona, en la sombra del silencio,

la vida en el suburbio transcurría sin más razón que la supervivencia.

 

 

 

A Wamba 

 

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