LA CRIOLLA, EL TEMPLO DEL VICIO EN BARCELONA

 

 

LA CRIOLLA

 

Prostitutas, literatos, ladrones, policías, políticos y delincuentes; soldados de la marina, proxenetas, burguesía liberal con ganas de nuevas experiencias, carteristas, obreros sin familia, soldados de cuartel, apacibles hombres de negocios, turistas extranjeros, anarquistas, travestis anarquistas, espías, burócratas de oficio, mujeres vestidas de hombre, hombres vestidos de mujer, el hampón, borrachos, contrabandistas, el vicio, la noche, los bajos fondos, el baile; la música. Esta es la fauna que albergó La Criolla, el club que de 1925 al 36 se convirtió en el lugar al que había que ir en Barcelona.

 

Flor de Otoño

 

"Desde el camerino se escucha el silencio del público. Expectantes saben que la actuación va a dar comienzo. Conocen a su protagonista, y saben que está preparada tras el telón esperando el momento de aparecer. Es toda una estrella. Con las cejas depiladas, maquillaje en el rostro y los labios pintados en forma de corazón parece un adolescente. Una metamorfosis que traviste a un peligroso hombre de acción de treinta y dos años, anarquista y hábil pistolero, en un joven artista, femenino y deseado.

 

Cinco minutos antes aquello es un hervidero de gritos, propuestas indecentes, risas y disputas. El alcohol, la cocíana y la morfina agilizan el baile y la música del salón se dispara a un ritmo frenético. Se escuchan los cantos de soldados británicos entre insultos y gritos mientras a falta de mujeres se forman en el centro de la pista parejas homosexuales. El peligro se respira en el ambiente. Es el ambiente de los vividores del siglo XX. Liberales burgueses, artistas de vanguardias, algunos proletarios y hampas de la noche; travestis, anarquistas, hombres honrados, prostitutas y buscavidas de todo tipo bajo un mismo techo esperando la actuación.

 

Se oyen pasos. Se acerca Flor de Otoño. La música cesa y se hace el silencio. Todo el salón contempla su figura. Va a empezar la música. Empieza el baile exótico bajo el reflejo de las navajas. El ritual está servido. Se cruzan las miradas, y alguien grita: ¿Quién ha sido? Empieza el jaleo. Huyamos" 

A Wamba Club.

 

 

 

El templo moderno del mal

 

La Criolla, situado en el número 10 de la calle Cid, fue uno de los primeros clubs de ocio y mal vivir del barrio chino de Barcelona a principios del siglo XX. Un templo del vicio, moderno y  transgresor, donde se reunían diferentes personajes de distintos estratos sociales. Una experiencia extraordinaria para ajenos a esos barrios y un modo de vida para sus principales personajes. 

 

Disfrutó de 11 años de apertura, los que comprenden desde 1925 a 1936, y en sus entrañas se fusionaron todo tipo de vidas en busca de quién sabe qué. En su interior era posible encontrar cualquier tipo de droga y la prostitución se ejercía de forma indiscriminada.

 

En pleno barrio chino, entre calles sucias y  estrechas, La Criolla se convirtió en poco tiempo en el local de moda de la ciudad de Barcelona, el local al que había que ir. Albergaba una fauna escandalosamente nocturna y cosmopolita con un tronco común, el pecado. Contaba con pequeños palcos y un letrero luminoso que ocupaba todo lo alto del exterior del edificio, y con un mural pintado en el lateral del bloque anterior que anunciaba el local. Decorado de forma caribeña y tropical, las palmeras improvisadas en las columnas ornamentaban la tarima de los músicos y la zona de baile. Propiciaba el ambiente perfecto para que la elegancia hiciera de haz de direcciones entre lo miserable y el delito en una ciudad portuaria del mediterráneo que acogía a todo aquel que estaba dentro y fuera de la ley. Un local en medio de calles de mala muerte donde compartir las miserias del ser humano y la existencia.

 

La Criolla cerró sus puertas en 1936, con el estallido de la Guerra Civil en España. Su gerente, Pepe el de La Criolla, fue asesinado de forma misteriosa en el portal de su casa al poco de abrir otro club con el nombre de Barcelona de Noche. Y dos años después, en 1938, en pleno conflicto bélico, la aviación italiana bombardeaba el barrio chino reduciendo a escombros el edificio.

 

Son muchos quienes coinciden en que La Criolla no hubiese sobrevivido a las imposiciones de la dictadura de Franco si el bombardeo no hubiera sucedido. Sea como fuera ese día el número 10 de la calle Cid de Barcelona decía adiós a las noches de juerga.

 

 

Crónica sobre La Criolla para el diario El Diluvio

 

"Estoy en el baile de La Criolla. La Criolla es un salón-café-baile, como si dijéramos el Ritz del Hampa. Para que los clientes no se aburran se apela a la música desgarrada. Música infernal que llena el local de bestias del Apocalipsis. Un sexteto que muerde con grito canibal las partes sensibles del pentagrama. Se flagela a la chusma con un trompeteo de palabrería canallesco. Ellas y ellos se agitan, bracean como en un naufragio fantánstico. Son las fieras ocultas de la selva que han despertado al fragor de la tempestad ululante.

Rugen las pasiones a medida que los lobos de la selva aullan y llegarían a exterminarse a dentelladas.

Me he cobijado en un extremo de la sala. Pago la cena a dos muchachas que se me han acercado. Son don `puntos´ del local; dos vírgenes locas. Cuatro pesetas diarias de soldada  y el 25 por 100 de lo que gasten.

Las chicas comen a dos carillas: huevos fritos con jamón, carne asada y queso.

Yo espero; un estómago agradecido es el mejor de los confidentes.

Ha enmudecido la orquesta y la pianola automática pone de nuevo en movimiento a las parejas.

Hay un negrazo atlético que baila con una menor; una mujer chata, de pierna abierta y cabeza gorda; menean sus cuerpos al unísono; él ríe bárbaramente.

Hay marineros de M.G.M. Unos del torpedo X, otros del submarino Z. Un maricuela danza con una vieja desdentada que canta a voz en grito: ¡Nergo! ¡Negro de mi vida!

En un velador escondido veo a un jovenzuelo con una gran chalina roja. ¿Comunista? ¿Poeta? Mis amigas han terminado de consumir lo que les puso el camarero en la mesa.

Una de ellas me explica: 

- ¿Aquel? Es un poeta. Le pagamos la habitación entre todas. Dice que va a heredar. Hace unos versos muy bonitos.

- Hablando de vosotras, ¿verdad?

- ¡Pues claro; pa eso le pagamos la fonda! ¡Amos, que si no, de qué...!

Amparito, mi compañera de una noche es bonita; los ojos tristes, las facciones finas y la boca limpia, Puede reír sin causar repugnancia.

- Hace unos días - Me dice Amparito- estuvo aquí una señora que escribe para Madrid para sacarnos en el diario. Hicieron unas fotografías. ¿No la conoces? Es una cursi. ¡Se hizo muy amiga de Angelita!...

En esto cruza la pista, raudo como un diablo, un hombre con una pata de palo que, cogido a su compañera, baila un balls fantástico.

- ¿Y ese?- pregunto con extrañeza, queriendo recordar un rostro...

- Viene aquí todas la noches. Es uno que pide limosna. Trabaja  en la calle de Aribau.

Llega a nuestra mesita un náufrago de la vida: una señora americana que ofrece flores. Por iniciativa mía la señora prepara unos ramilletes y se los entrega a las niñas. Ambas me besan paternalmente.

- ¿Qué clase de público frecuenta esto?

Amparito contesta:

- No todos son obreros; vienen también recién casados, carteristas, chulos, soldados, alguna gente de parné. Turistas, pocos. Antes, sí; con la mandanga era otra cosa. 

- ¿Con la mandanga?...

- Sí, hombre; cuando no había tanta vigilancia se podía vender cocaína. ¡Uf si venia gente!

- ¿Y os encontráis divertidas en ese ambiente?

Las dos muchachitas han quedado tristes. Se presiente la vejez; Esa vejez horrible dando tumbos por la calles, del hospital a los cuarteles, tras la misericordia de un plato de rancho...

 

 

El Hampa y la droga

 

Barcelona; ciudad de puerto con entrada al mar, mediterránea de carácter y con contacto directo con Francia, es de las primeras ciudades españolas donde los tóxicos de principios de siglo hacen entrada.

 

Con la burguesía condal en pleno desarrollo y el proletariado armando la conciencia, el hampa se abre camino en medio de la precaria abundancia que prospera entrado el siglo XX. El barrio del Raval alojaba a los obreros al convertirse en zona industrial tras la urbanización de la Rambla. Se construyeron masivamente viviendas de mala calidad que se tradujeron en barrios donde proliferaron los cafés, las tabernas, los clubes y los prostíbulos. Un rincón donde el hampa, conjunto de maleantes, especialmente organizados, con normas de conducta particulares, unidos en una especie de sociedad, aplicaban su propia jerga, la jerondiza; delinquían y daban al robo rienda suelta mientras el país se dirigía sin freno al horror de la guerra.

 

"La Criolla es un bar grande y nuevo... El dueño de la finca la ha industrializado. Las enormes naves de los pisos superiores los ha convertido en piezas. Cada pieza es un piso. En estas piezas hay de todo: la cocina, el comedor, la alcoba. Son bastante grandes y viven en ellas familias murcianas, cartageneras, andaluzas y gitanas. Estas familias que viajan en tercera cargadas de paquetes, de mantas y de chicos...

 

Las noches de finales de los años veinte y principios de los treinta en la ciudades de Madrid y Barcelona se recuerdan en parte por la afluente aparición de locales y cabarets de espectáculos y baile donde la música de salón animaba las veladas. Por lo que no son conocidas, sin embargo, es por la moda de la cocaína y la morfina llegada de Francia. Algo que por entonces, si ya los clubs formaban parte de la opinión pública por sus desfases indiscriminados a la moral, los condenaba al exilio dentro de la prensa conservadora y los sectores más tradicionalistas.

 

 

Desde su introducción en la ciudad las autoridades promovieron su prohibición, "pero la cocaína y la morfina se conseguían de mil formas. Podían comprarse en muchos cabarets y music halls, pero también existió una red de suministradoras, vendedoras de décimos de lotería, cajetillas de tabaco inglés, floristas, verduleras o vendedoras callejeras de castañas calientes, que camuflaban la droga en sus productos". Fuera de la Ley, La Felguera 2016.

 

Los clubs y cabarets vivieron los efectos de campañas de prensa donde se criminalizaba la vida nocturna y se los vinculaba con el apachismo y los bajos fondos, así como con el consumo de drogas. Este era su punto débil de cara a la opinión pública. Un secreto a voces del que nadie se hacía partícipe, y que la prensa conservadora usaba como blanco de tiro. La polémica y el escándalo estaban servidos al mismo tiempo que los literatos narraban las noches de La Criolla en sus libros. 

 

Lo que nadie esperaba sin duda, es que las críticas de la prensa se volvieran en su contra como un efecto boomerang. El espacio que había proporcionado en sus páginas a los clubs y al hampa, en lugar de reducirlos, estimulaba el interés de gente ajena a ese mundo, y publicitada un nuevo lugar atractivo para atrevidos con ganas de vivir una velada de peligro. Al poco tiempo, de la misma forma que había sucedido en París con los Apaches, se vertebraba un circuito turístico de curiosidad por el hampa y los bajos fondos, donde las navajas y las reyertas interpretaban los personajes principales de una noche de emociones fuertes en el barrio chino.

 

El teatro de los bajos fondos

 

El Nuevo Mundo, un periódico de la época, publicaba en 1932 una noticia en la que una de estas guías turísticas demandaba a la agencia por incumplimiento de contrato.  Reflejaba indirectamente el ambiente de los bajos fondos. Decía:

 

"Las tales agencias prometen a su clientela eventual, en sugestivos prospectos, hacerle conocer la sórdida vida nocturna de la capital, sin excluir los escondrijos del hampa en las tenebrosas catacumbas donde raras veces se aventura la policía en sus cotidianas razzias en busca de apaches, heroínas del arroyo y maleantes de toda laya. 

 

 

Al caer la noche, no paraban de llegar coches de burgueses a los peores barrios de la ciudad: Al filo de la media noche, los monstruosos autocars abarrotados de tipos pintorescos, andaban rumbo a los bajos fondos de lauree. Lo que no se sabía, y ahora se ha sabido, es que las repugnantes escenas de vicio, depravación y miseria que presenciaban, las luchas de apaches y de prostitutas en el hediondo de una taberna subterránea mal alumbrada por lámparas de petróleo, no eran otra cosa que pura farsa".

 

Lo patético y miserable se desdoblaba sobre sí mismo en un giro copernicano que aclaraba la razón de ser de la vida en los clubs, la supervivencia.  Las gentes de mal vivir interpretaban el papel de su propio personaje otorgando al mundo del buscavidas una doble dimensión. Una obra maestra de la picaresca, donde el ladrón, el buscón, cobraba por interpretar el papel que le tocaba en el mundo tomando conciencia de sí mismo.

 

El objetivo era que los extranjeros que pagaban tuvieran la sensación de haber disfrutado de una noche de peligro. Una mentira envuelta de verdad, una feria dirigida por verdaderos criminales y estafadores, que ofrecía a los extranjeros y curiosos una experiencia auténtica en el barrio chino.

 

Desde su inicio hasta su cierre La Criolla se disputó el primer puesto en el ranking de la ciudad como principal representante del vicio. Sus años de existencia son testimonio de la vida nocturna del barrio chino y de Barcelona. Un local único donde la miseria de la vida bailó al ritmo de la música y sus personajes transgredieron la estampa costumbrista de lo oficioso. 

 

"En la alta madrugada, el ambiente de La Criolla -el más típico cabaret del barrio chino barcelonés- está cargado de influencias inquietantes y densas. Los siete pecados capitales, y aún alguno más cuya existencia escapó a la previsión de los sagrados legisladores, tienen en el recinto cumplido asentamiento. Ventean, como canes famélicos, el alcohol, la lujuria y el crimen". José María Aguirre. Mundo Gráfico, 1932.

 

 

 

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